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Santa Magdalena de Nagasaki (1611 – 1634)

Nací en Nagazaki, ciudad de Japón. Mi infancia la compartí junto a fervientes cristianos pero por mi fe católica, mis padres y hermanos fueron condenados a muerte mientras yo era joven.

En 1624 conocí al padre Francisco de Jesús y Vicente de San Antonio, dos agustinos recoletos que llegaron a Japón unos meses antes. Frente a Dios, fui consagrada como terciaria agustina recoleta. Enseñé el catolicismo a niños y pedí limosna a los comerciantes portugueses para apoyar a los pobres, visité a los enfermos y bauticé a los recién nacidos. Muchas veces las personas tenían temor o debilidad por haber renegado a Cristo pero en mí estuvo la labor de darles una voz de aliento e infundirle valor a cada uno de ellos, para mantenerse en la fe.

La persecución hacia los cristianos en esa época fue muy fuerte lo cual hizo que fueran tiempos difíciles para mí. En 1634, me presenté a la autoridad y me llevaron a la cárcel debido a que decidí desafiar a los tiranos después de las apostasías de cristianos aterrorizados por las torturas a las que eran sometidos, todo esto mientras estaba deseosa de unirme para siempre a Cristo. Intentaron doblegar mi voluntad si me enfrentaba a torturas o a las promesas de un matrimonio ventajoso. Jesús y María siempre estuvieron para mí en mis momentos más difíciles como por ejemplo cuando me mantuvieron suspendida por los pies con la cabeza y el pecho introducidos en una cavidad cubierta con tablas para dificultar mi respiración, una cruel tortura a la que llaman forca o fossa.

Después de trece días, la fosa se inundó a causa de una fuerte lluvia la cual causó mi ahogamiento. Después de que los verdugos quemaron mi cuerpo, esparcieron mis cenizas en el mar.


Para finalizar, en 1981 fue beatificada y seis años después Juan Pablo II me canonizó.

Tomado del libro: La seducción de Dios de Fernando Rojo Martínez, Roma 2012.


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